El sabor amargo que nos dejó Cosquín

   El fin de semana culminó la 54° edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín dejando en el centro de la escena musical folklórica duras polémicas que opacaron una vez más los pocos momentos dignos de recordar.

Por Verónica Ferrando

   Sucede que esta vez ciertos intereses empresariales se apoderaron de la programación y arrojaron como resultado noches eternas (alguna de ellas con más de 40 números artísticos) que asfixiaron a un festival legendario, destacado por congregar siempre a los artistas de mayor calidad del género.

De las nueve lunas que conforman el encuentro –que supo cobijar a referentes como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramirez, Mercedes Sosa, Eduardo Falú, el “Cuchi” Leguizamón, entre tantos otros-, sólo tres estuvieron invadidas por la coherencia de aquellos años de gloria. La primera fue la noche inaugural del 25 de enero; luego, la quinta luna que fue colmada por la esencia santiagueña que se trasladó a cada rincón de la Plaza Próspero Molina de la mano de Los Manseros Santiagueños, Raly Barrionuevo, el dúo Coplanacu y el Carabajalazo. Y por último, la noche del 31 de enero en donde Teresa Parodi celebró sus treinta años de consagración, junto a artistas invitados, como Lito Vitale, Mario Bofill, Franco Luciani, Tonolec y Sara Mamani. Esa noche del viernes, donde además se cumplía un nuevo aniversario del natalicio del mayor referente del folklore argentino, Atahualpa Yupanqui, también fueron de la partida León Gieco y Víctor Heredia.

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   No tuvieron la misma suerte Peteco Carabajal, el dúo Orozco Barrientos, La Bruja Salguero, Franco Luciani – por nombrar sólo a algunos- ya que subieron al escenario pasadas las 6 de la mañana y ofrecieron un show para un pequeño grupo de personas.

A los problemas de horarios y cambios de orden, se sumó el trato desafortunado y el cierre abrupto que sufrió el “Homenaje a Eduardo Falú”, encabezado por su sobrino Juan, Liliana Herrero, Marcelo Chiodi y LiliánSaba. Resulta que las condiciones técnicas fueron muy malas (no se escuchaba ni la guitarra criolla ni el piano) por lo cual Falú y Herrero se quejaron públicamente. “Hay tanto avance tecnológico, no puede ser que no se escuche una guitarra criolla. Tenemos que saber respetar a los músicos que se han ido”, dijeron. La reacción fue sacarlos de escena cuando aún faltaban un par de canciones.

Sin embargo, pudieron sobrevivir algunos momentos capaces de mantener viva la esencia del mayor festival de folklore de Latinoamérica, como las presentaciones de Mario Bofill; Lito Vitale y Juan Carlos Baglieto; Orellana Lucca y el Ballet Folklorico Nacional.

Pese a las largas jornadas, el público renovó las ganas de ser parte de la fiesta noche tras noche en la Plaza o en las distintas peñas que engalanaron las calles coscoínas. Y el Río Cosquín, ese que fue “testigo quieto” de amores y guitarreadas entre amigos, también estuvo vestido de fiesta para recibir en sus orillas a los cantores.

Se marchitó un festival, es cierto. Pero quedaron polulando algunas inquietudes en su entorno artístico capaces de rever sus raíces para renovarlas. Se trata tan sólo de estar atentos. Quizás, si se riegan con sabiduría y dejando a un lado el egoísmo, el próximo año, Cosquín pueda florecer nuevamente.

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