The Afghan Whigs en Buenos Aires

Un show. Dos miradas. Una conclusión: The Afghan Whigs.

De Chris Kofman. Periodista y fan.

    Diluviaba y Buenos Aires era digna. Más de 20 años habían pasado desde aquella mañana en que caminé las calles que separaban el Parque Rivadavia de mi trabajo en el barrio de Caballito probando esa novedad en Cassette (Novedad para mi, ellos, en realidad ya tenían varios discos editados).

    No llovía esa mañana pero hacía mucho frío. Los primeros segundos de “If I Were Going”, tema “Uno” del disco “Gentelmen” (1993) caían como baldazos trágicos y rotundos tal como los de la noche en que nos acercamos raudos a Niceto, ahora, en 2014.

   Aquí y ahora no éramos muchos aunque nunca lo fuimos, hay que decirlo. Alguien por allí dice que apenas pasábamos los 40 interesados.

    ¿Alguien de esos 40 habrá hecho 350 km y más de 20 años para verlos como yo? ¿Alguien habrá creado una historia y prehistoria para cada una de esas melodías como yo?

   No estaba solo de todas formas y esa “Congregación”, aunque pequeña, parecía ideal para el mensaje de esta sensacional banda llamada The Afghan Whigs: Oscuridad, códigos, pequeños guiños en las canciones. Mucho “Do to the Beast” y “Black Love”, algo de “Gentelmen” y “1965”. Todos felices.

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      Sólo unos segundos de “Parked Outside” alcanzaron para despertar mi comentario: “Demasiada banda para tan poca gente”. Una tristeza, un desperdicio de talento, emoción, sonido, contenido. Ellos no parecían estar muy enojados (Salvo al final cuando Greg Dulli decidió evitar ese modismo rockero de “irse y volver a tocar los bises” y fue directo a los bifes con la triada final de “Black Love” casi como para sacarse el asunto de encima… pero, uff, de qué manera!!!). Al revés, salieron a pegarnos palazos, uno tras de otro, para que aun, varios días después de pasado el show, nuestros oídos sigan zumbando. Compromiso con la congregación, podríamos llamarlo.af4

    Yo me permito llamarlo amor. No encuentro otra forma de definir el show de una banda FUNDAMENTAL de los 90′ que sigue haciendo música increíble y discos increíbles y que se anima a salir ante la nada para demostrar que no hay nada más vivo que una buena canción aunque en este lindo país a sólo 40 personas le interese algo así.

 

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De Cintia Martínez. Periodista.

   Si algo hice en los últimos años, eso fue meterme de lleno a descubrir música a la que antes no le había dado la atención necesaria. Quizás por este motivo decidí ir a ver a The Afghan Whigs, pese a la lluvia que cubría todo Buenos Aires, pese a que el show que estaba planeado para el Teatro Ópera se había movido a Niceto.

Entrar pasadas las 9 de la noche y que haya apenas cinco personas me llamó la atención, pero jamás podría haberme imaginado que el público final no llegaría a las 50 personas presentes, y menos después de esas casi dos horas de show donde enormes bestias de la música salieron a escena con el ímpetu y las ganas de aquellos que tocan para un Wembley repleto.

Mis ojos se concentraron en ver cómo Greg Dulli disfrutaba de cada acorde y su voz no sólo era una reproducción exacta de los discos, sino hasta mejor. La disposición de los músicos – que poco lugar tenían para mirarse a los ojos o hacerse un gesto-, y sin embargo, fueron todos siempre al mismo ritmo, sin pifies.

Las caras de los amantes que celebraron cada tema con la emoción del primer amor, y claro, ¡habían esperado años por este momento! Gritos, saltos, aplausos, y sonrisas sobrevolaban entre las luces y esos acordes dignos de ser disfrutados, la sensación de que esas canciones sonaban igual que los discos que había escuchado días atrás para empaparme de lo “nuevo” que estaba entrando en mi vida.

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Alguien dijo una vez que “mejor pocos y buenos que…” y creo que tiene mucha razón. Los que fueron, disfrutaron. Los que fueron son los querían estar ahí, pese a la lluvia, pese a que era martes. La respuesta fue la grandeza, esa que tienen las bandas que no sólo son grandes por la cantidad de discos que venden o la cantidad de estadios que llenan. Los grandes son enormes por esta actitud poco celosa del ego.

  Cien por ciento actitud rockstar, que te deja la felicidad de haber estado en el momento adecuado, dándole chance y nuevas oportunidades a eso que antes pasaste por alto y que tu cuerpo se lleve algo más que algunas canciones, se llevó una historia: Vinieron los Afghan Whigs, fueron a verlos menos de 50 y yo estaba ahí.  

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