El compañero verde

Esa mañana llegué a la casa de mi abuela, cerca de las ocho. Entré a las apuradas, como siempre. Por momentos sentí que algo o alguien me estaban mirando, entonces, me detuve. Y ahí lo vi. Enorme, alto, brilloso, verde y espinoso. El cactus que tiene la abuela en el jardín. Me miraba muy fijamente. Y sí, siempre esta paradito y fijo en el mismo lugar, todos los días.

Llegué hasta la cocina y cuando me encontré la mesa llena de papeles, fotografías y cartas, pensé “¿Qué pasó acá?”. A la vieja no se le había ocurrido otra cosa que ordenar y recordar viejos tiempos. Me senté a su lado y comencé a memorizar momentos pasados de mi vida, al mismo tiempo en que ella me mostraba cosas y gente que nunca conocí.

Las fotos pasaban por mi mano y por mi mente. Por un instante pensé en lo distinto que era la vida de antes, la vida que llevó mi abuela. Miré todo detenidamente. Algunas cosas me causaron gracia, otras me llenaban los ojos de lágrimas.

Siempre pasa esto, ¿no? Cuando uno ve cosas antiguas, te hacen recordar aquellos momentos de los que ni te acordabas o aquellos que preferirías no recordar. Sin embargo uno guarda esas cosas. ¿En qué casa no hay fotos de las que no se pueden mostrar? Siempre están las típicas en las que tenemos un peinado que no nos gusta o estamos vestidos como payasos (sin ofender a los payasos). Nos olvidamos que en esa época esa ropa estaba a la moda. Pero uno siente que está mejor ahora que años antes.
Por suerte, me reí de los demás, porque como las fotos eran en blanco y negro, yo no aparecía en ninguna. Excepto en una. La excepción que confirma la regla.

Cuando mi abuela la vio, comenzó a reirse. Era la fotografía de una chica flaca -mi mamá- acompañada de un muchacho de pelo medio largo -mi papá- con un bebé en brazos –yo-. Me causó gracia al principio, asombro después. En la foto no estábamos sólo los tres. Junto a nosotros estaba él. El cactus enorme, que por entonces, ya era enorme.

Mi asombro fue gigantesco y traté de entender como puede ser que esta especie de planta, habitual a las zonas áridas y secas, se mantenga en pie durante tantos años en un jardín húmedo y lleno de flores como el de mi abuela. ¿No se habrá sentido en ningún momento discriminado por tener espinas en vez de hojas y flores como las demás plantas?

Al llegar a mi casa, con ansias le supliqué a mi papá que me hable del cactus. Luego de sonreir me contó una historia que jamás imagine. Durante su infancia y sus juegos en el patio, en las noches de verano adolescentes con amigos, hasta en despedidas de solteros. Todos esos momentos fueron compartidos con el “amigo verde“. Cuánto sabrá, entonces, esta especie que vive a la defensiva con sus espinas y sin embargo es tan tierno por dentro. ¿Cómo es que ciertas cosas nos acompañan a lo largo de nuestras vidas? Muchas veces no nos damos cuenta de eso. Uno llega a darse cuenta del valor de ciertas cosas cuando las pierden, dicen.
Los días pasaron y mi curiosidad, por saber todo lo que vivió ese cactus a través de tantos años, seguía creciendo.

Por un par de días no fui a la casa de mi abuela, porque llovía mucho. Tres días fueron, exactamente, de una tormenta que parecía no terminar jamás. Como las típicas de verano, en donde el cielo se pone gris, se pone negro y chau. Fuiste. Agua y más agua sin parar.

Cuando por fin salió el sol, emprendí mi camino hacia lo de la abuela, mientras iba pensando en el amigo verdecompañero de tantas emociones de todos aquellos que alguna vez pasaron por su lado. Esta vez iba a ser distinto que los demás días. Yo no iba a sentir que algo me miraba. El sería quien se iba a sentir observado.

Llegué riéndome, como si estuviera hablando sola. Y si mi asombro de ver al cactus en la foto fue grande, no se pueden imaginar como me puse cuando no lo vi. Él ya no estaba. La tormenta no lo dejó mantenerse en pie.

En ese momento no se me ocurrió otra cosa que preguntarme “¿por qué?”. Pero ¿por qué, qué? Sinceramente me dio mucha bronca, impotencia y como una especie de desgarro interior. Si nunca antes le había prestado atención, porqué me puse así. Con los ojos llenos de lágrimas, llorando por algo que nunca antes había tenido en cuenta. No sé. Pero miento si les digo que no me quedó ninguna intriga. Y en mi cabeza, sigue dando vueltas una idea que muchos tenemos pero que nunca llevamos a cabo: darnos cuenta a tiempo, que lo que tenemos, aunque sea en una porción ínfima, vale y mucho.

Cintia Martinez

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