Hoy nos regalamos: “Tommy” de The Who.

Recuerdo vivas las palabras de mi padre la noche en que me hizo escuchar “Tommy” por primera vez: “Antes de The Wall y casi todo Pink Floyd o Genesis o lo que sea que estés escuchando… está Tommy de Los Who”. Defensor a ultranza de la “tercera posición”, mi viejo seguía a Los Who con un fervor cercano al de un barrabrava. Los ponía en un podio en donde no había puestos. Decía que The Who era todo lo que The Beatles y The Rolling Stones no podían ser “por ser Los Beatles y Los Rolling Stones”. Y me indicaba precisamente qué medidas tomar para salvaguardarlos: Primero el rockanroll, después las canciones conceptuales, por último los músicos con sus victorias y derrotas. Cosa esta última que solamente entendí luego de la absurda muerte “rockera” del fenomenal John Entwistle hace unos años.

Mi viejo también me contaba que Pete era un fuera de serie, que Roger era un salvaje sin rumbo y que Keith era un genio lunático total. Me relataba que Townshend venía escribiendo canciones con “algo para decir” desde los primeros pasos y que, al parecer, no se quería ver limitado a escribir canciones pop de tres minutos o singles. En 1966, The Who, a la saga de lo que pasaba tras la gesta psicolodélica Beatle, sacaba un tema llamado “A Quick One, While He’s Away”, un tema de 9 minutos que contenía seis partes diferentes. “Tommy”, editado tres años después, fue un enorme paso adelante. Daltrey reconoció más tarde que “fue gracias a Tommy que encontré mi propia voz dentro de la banda y una nueva fuerza interpretativa”. Algo que, a la luz de la historia, no abandonaría nunca más.

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Se comenta que Pete Townshend empezó a escribir el disco sin muchas esperanzas, que luego de algunos fracasos la banda estaba quebrada y en parte esa actitud derrotada lo llevó a escribir de forma sumamente introspectiva motivado además por los estudios espirituales con los que intentaba mejorar su vida. Pero, a diferencia de otras etapas de la banda, la sustancia emocional estaba más viva que nunca. El dinero no sobra, los fracasos personales redundan, los contratos y managers desaparecen pero Daltrey, Townshend, Entwistle y Moon están más juntos que nunca. De hecho, por estas situaciones particulares, mientras Tommy se escribe y ensaya, la banda sigue tocando en vivo al mismo ritmo que a mediados de los 60’.

La historia de “Tommy” no escatimaba en oscuridades pero tampoco luminosidad: Un niño que presencia la trágica muerte de su padre y que a causa de este evento queda catatónico volviéndose ciego, sordo y mudo. Su derrotero interno lo lleva a sufrir todo tipo de vejaciones hasta llegar a su última adolescencia donde, vuelta de tuerca conductista mediante, logra liberarse de su encierro sólo para convertirse en una suerte de líder mesiánico manipulado por su madre y padrastro. Su popularidad, la prisión del éxito, lo lleva a retrotraerse a una nueva escapatoria, esta vez guiada por la cosa más simple y a la vez más profunda de la vida: El Amor.

Aunque las lecturas son muchas, Townshend se limitaba a decir que las enseñanzas de su maestro espiritual Meher Baba le habían indicado el camino narrativo correcto.

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Puede que “Tommy”, a la sombra de todo el rock sinfónico que lo sucedió, haya envejecido de una forma extraña. Ni mejor ni peor que otros discos de la misma época, distinta. Su búsqueda era otra, la necesidad espiritual y terapéutica de Townshend era otra. Para más explicación podemos sumar que su edición fílmica, dirigida por Ken Russell en 1975, sigue siendo una locura psicodélica repleta de invitados como Elton John, Eric Clapton o Tina Turner. Posiblemente, una película tan innecesaria como intensamente disfrutable. Como verdadera marca de los tiempos, “Tommy” también allí estuvo delante de su propia fecha de nacimiento. La mano de Townshend volvió a regalar una obra maestra conceptual unos años más tarde con “Quadrophenia” que con su sonido más moderno seguramente no ayudó mucho a la reputación actual de “Tommy”. Inclusive la adaptación cinematográfica de esta nueva opera rock es mejor.

Los datos duros indican que “Tommy” es fundamental para la historia del rock, la piedra basal de todo un estilo, además de un verdadero éxito comercial con más de veinte millones de discos vendidos en todo el mundo.

De hecho, a cuento de mi cumpleaños, yo mismo pude recuperar mi relación con “Tommy”. Un reluciente vinilo cayó en mis manos en medio de un maremoto emocional que no concluyó hasta que el último acorde del Lado B del segundo disco terminó de sonar. Desde el amor, desde lo musical y lo histórico, este regalo llegó para disparar muchos momentos nuevos.

Sin embargo, discos como “Tommy” me transportan a un lugar y un tiempo que ya no existen en este plano de la realidad pero que pueden sentirse vivos nuevamente, una y otra vez. “Regalar música es amor”, me dicen desde el corazón de la redacción y desde ese corazón no puedo dejar de ver que esa sentencia nunca fue más cierta.

Por Chris Kofman (Director de Huemul Media).

 

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